JUEGO DE NOSTALGIA DE JUEGO

10:16


En algún momento de nuestro diario vivir nos detenemos. Por un instante dejamos de lado nuestras preocupaciones y la rutina que copa los minutos de nuestras cada vez más atareadas y preocupadas existencias. ¿Que pasó? ¿Por qué? Probablemente estemos sufriendo un imprevisto ataque de nostalgia.

Ayer caminaba por el barrio en el que pasé mi niñez: las calles eran las mismas, sólo que ahora con más tráfico. Las casas sufrieron cambios y adaptaciones, la mía no fue la excepción. Todo esto no me sorprendió para nada, sino el vacío en la calzada, en la acera, en todo en barrio. Sí, había autos y peatones, pero ningún niño, lo que significaba que el vacío estaba presente.

Creo que inconcientemente esperaba encontrar a muchos pequeñuelos jugando y riendo, tal y como yo lo hacia en las tardes de ocio. Entonces me pregunté donde estaban, si esa ya no era hora de clases. Si por efectos de crecimiento poblacional, se supone que hay cada vez más niños que los que había cuando yo era un infante.

Mientras me iba alejando de mi antiguo barrio, seguí conjeturando los motivos de esta extraña ausencia. Me di cuenta que ahora es raro ver jugar a los niños en lugares públicos, el fenómeno no sólo se da en mi viejo barrio, sino en la ciudad en su conjunto.

Lejos ya, en mi casa (la nueva), recordé que nosotros, los niños de mi época, jugábamos en la calle, en las plazas o parques porque era más divertido que estar en nuestros hogares. Pero la base de este hecho, radicaba en los juegos mismos. Y es que antes uno no necesitaba más que la imaginación, juguetes sencillos, o algunos materiales de desecho, pero eso si, lo más importante, un grupo de amigos para pasarla bien. Esos días lamentablemente ya son historia.

¿Quién recuerda la pelota quemada?; ese juego tan movido en el que uno debía esquivar una pelota de trapo, que en la cabeza de un niño parecía estar envuelta en fuego ardiente. O el “Ángel mío”, que nos regalaba las primeras nociones de la dualidad del mundo; Ángeles y Demonios librando una lucha encarnizada por el alma de los mortales. Una pelea sin sangre, ni llanto, todo lo contrario: una agonía de risas y carcajadas.

Valerse del viento en agosto y buscar una colina elevada para pasar tardes integras con nuestros voladores como único horizonte, ansiando tener alas y volar como ellos.

Los jalones de orejas de nuestras madres o abuelas por haber robado sus frijoles coloridos para jugar a los “chuis” con los compinches.

Las carreras de cochecitos sin motor, un reto a la imaginación de los ingenieros del mañana y los grandes corredores de autos verdaderos en el futuro.

El trompo, ese juguete básico y naturalmente sublime.

Jugar a las escondidas, saber aprovechar los rincones o espacios de cualquier lugar, y sentir ese nerviosismo en el estomago, esas ganas de orinar mientras esperas oculto, conteniendo la respiración.

Las pepas, que se encontraban en la arena para golpearse con violencia intentando demostrar la supremacía de su dueño; el atesorarlas. Un niño con gran cantidad de estas vidriosas esferas, era considerado como un acaudalado con suerte.

Robarles la acera a los grandes para pintar la mágica cruz de la rayuela. Decidir nuestro destino con la ayuda de una cáscara de naranja. Llegar al cielo o quedarnos en el infierno.

El juego de resistencia física más divertido: “el choro morro”, que ayudaba a curtir las espaldas de los que se ponían de base para los intrépidos saltamontes que cada vez llegaban más y más lejos.

“La tula” juego irracionalmente básico, que sin embargo podía mantenernos divertidos por mucho rato.

En fin, tantos otros que por el pasar de los años se me fueron quedando en los rincones empolvados de la memoria. ¿Y que fue de toda esta gama de juegos geniales?. Se fueron desvaneciendo, no por los años, para nada. La televisión jugó un papel importante, que si bien, en mi niñez ya existía, todavía era pequeña, y no el monstruo come-neuronas que es nuestros tiempos.

Claro que esta caja con pantalla de vidrio, no habría llegado hasta donde se encuentra hoy, si no hubiera sido por nosotros mismos y nuestra desidia. Esa flojera y egoísmo de padres preocupados en cosas más importes que la educación de los hijos. Es muy fácil delegar a terceros la enseñanza que deberíamos darles a los niños todos días. Y es que el dinosaurio gringo “Barney” está para eso no?. Obvio, él nunca duerme y tiene toda la paciencia y decisión de amarrar las mentes de los infantes tercermundistas a la pantalla del televisor, por un tiempo indefinido.

Otro aspecto que ayudó a barrer con la cultura del juego infantil colectivo, es el individualismo cada más arraigado en nosotros. Ese que hace que cada uno se encierre en una burbuja y evite el roce con las demás burbujas de su especie. La pérdida gradual de la oralidad al interior de nuestras sociedades es fruto de este aislamiento.

El hecho de hablar con la familia, contar experiencias y anécdotas, perdió toda importancia. Ya no nos interesa saber más acerca de nuestros abuelos, simplemente entender que vivieron, tuvieron hijos, por su culpa estamos aquí, y ahora ellos están más cercanos a la muerte que antes.

Los juguetes cada vez más sofisticados, están destinados a germinar la semilla del consumismo compulsivo en los niños de hoy. Ahora un juguete no puede llamarse tal, si es que no vuela, habla, se trasforma, emite sonidos fantásticos o dispara rayos láser. ¿Qué posibilidad tiene un pedazo de madera cónico con punta metálica, un trompo, al lado de una espada de luz jedi, igual a la de Obi Wan Kenobi?, tal vez ninguna, tal vez toda. Todo dependerá de nosotros, los adultos, de abrir un paréntesis en nuestras absorbentes actividades para volver por un momento a ser niños, -niños-maestros-, que enseñen la magia de los juegos que nunca deberían haber dejado de ser divertidos, actuales y educativos.

Cuando empecé a escribir estas líneas, nostalgia era lo que sentía. Ahora que termino ya no es sólo eso, sino también tristeza.

1 comentarios:

CAPSULA DEL TIEMPO dijo...

Si la tuya es nostalgia y tristeza, lo mío raya en la desesperación. Un día X me harté de que mis hijos se pasen toda la tarde viendo tele como zombies y dejé asegurado el escritorio (donde está la tele) y mi cuarto, así que no había dónde ver la tele. Minutos después e mayor (Rodrigo) empezó ha hacer toda una serie de berrinches antipáticos para que "libere a la tele" y después de que no le hice el menor caso se sentó en las gradas y con su cara de Homero Simpson cuando tiene que concentrarse y no tiene nada en el cerebro me preguntó: y ahora qué hago. Desesperante.

Ahora, de vez en cuando repito el experimento, pues si bien ese dia estrenaron la imaginación, a veces se les olvida de nuevo.

Abrazos.