(padres)

16:29 4 Comments

Hay padres
que construyen
casas


Hay padres
que construyen
hogares


Hay padres
que construyen
personas



amén.



(A mis hijos)

Juan del Nuevo Mundo

(mi padre)

de un cuento, de un libro... así la vida

9:41 39 Comments


En muchos aspectos la vida y tú vida, se puede comparar con la historia de un libro, un libro en el que las personas que comparten contigo aportan a la construcción de nuevos capitulos; pequeñas historias que ayudan a estructurar la gran historia de tu transito por esta vida.

La lectura de este libro puede hacerse desde afuera como desde adentro lo que puede generar un conflicto, sin embargo, y a pesar de todo, creo que lo mejor será transitar las páginas leyendo de a poco, subrayando con lápiz rojo las líneas más destacables, releyendo los párrafos conmovedores y haciendo una pausa cuando el peso de la lectura te agobie; cerrar el libro, los ojos, relajarse y retomar la lectura más tarde.

Antes de leer la última página de un posible primer o tercer tomo, (uno nunca sabe en cual está) sería bueno levantarse, colocar el dedo índice entre las páginas, abrir la ventana y respirar ondo del aire frio que envuelve todo afuera. Tal vez así, y sólo así estés preparado para terminar esa historia que tanto tiempo te atrapó entre sus delicadas páginas.

AHORA QUE EL FUEGO SE APAGA

12:37 2 Comments

(un comentario desde afuera)

Lo que pasó el fin de semana no tiene ningún justificativo desde cualquier punto de vista. La incapacidad política llevó a instalar una Asamblea Constituyente de la manera más improvisada e inaudita posible. No es posible establecer un nuevo pacto nacional entre todos, mientras unos se meten en un cuartel a armar un rompecabezas sin contar con todas las partes. Los constituyentes no pueden hacerse a los sordos, mientras afuera hay gente que está luchando por introducir sus demandas en un nuevo texto constitucional. Al margen de quien, o quienes hayan empezado el debate de capitalidad, el tema es legitimo y ahora forma parte de la conciencia popular, no sólo de los oligarcas ni de las clases acomodadas.

Muchos estuvieron en las la calles, aguantando los gases, que luego se convirtieron en balines y por ultimo en balas y muerte, yo no, yo no estuve ahí; entre los universitarios, los padres de familia, y toda la gente de diversos estratos sociales que tomaron la ciudad. Sin embargo, eso no quiere decir que no me importara nada, eso no quiere decir que podría estar mirando cualquier programa en la televisión mientras tanto afuera se están matando. No busco justificarme ni mucho menos, yo seguía las noticias por la radio, y viendo las imágenes, estaba lejos de todo, muchos dirán desde la seguridad de mi casa, y puede ser verdad, estaba seguro, lejos de todo la conmoción. No obstante, lo que pasaba afuera sí me importaba, porque tendría que ser muy insensible para hacerme al desentendido cuando hay gente que está muriendo afuera. Afuera también estaba gente muy cercana a mí, ¿acaso no me preocupaba por ellos? pueden decir hasta que soy un cobarde por no acompañarlos, y en fin, pueden decirse muchas cosas...

Hoy lunes, cuando las cosas aparentemente se calman y la ciudad intenta curarse de sus heridas, quiero decir que el hecho de no haber participado de manera activa en las calles no implica que uno sea indiferente o insensible. Valoro a las personas que lucharon en las calles, y me compadezco de las familias que perdieron a sus seres queridos injustificablemente, ninguna muerte puede quedar impune. Tampoco creo en una nueva Constitución que no considere las voces de tantas personas que también son bolivianas. Reniego contra la miopía crónica de un gobierno (en el que yo creía antes) atragantado de poder, que dice ser parte de la cultura del dialogo y de la paz, cuando sin embargo, con claras muestras de absolutismo, promueve el enfrentamiento entre los bolivianos y no hace más que acrecentar los sentimientos de intolerancia y racismo entre los diferentes sectores de nuestro país.

Hay muchas preguntas que suenan en mi cabeza, y no encuentro respuestas. Nuestra historia nos demuestra que lamentablemente sólo cuando la gente muere, el gobierno escucha, éste parece no ser el caso.

LA FIESTA DE LAS ALMAS

17:43 3 Comments


¡Trago y comida gratis hermano!, no lo vas a creer. Me dijo emocionado el Pocho. Era la primera vez que yo iba ir a un K’anchacu y por lo que me contaba mi amigo, realmente era todo un acontecimiento.

Quedamos en vernos en la plaza a eso de la una. Yo llegué puntual. El Pocho ya estaba ahí, en un banco, ansioso esperándome. Antes de darme la mano o por lo menos decirme un hola, mi compañero me preguntó si había llevado mi cuchara. Le dije que sí, aunque pensé una y mil veces antes de andar por las calles con una cuchara en el bolsillo. Si bien él me adelantó que iba a comer como nunca antes, no creí que fuera necesario llevar cubierto. Pero en fin, para evitar cualquier inconveniente le hice caso.

Pocho al ver mi cuchara, contento me dijo que nos pusiéramos en marcha de una vez, rumbo a un barrio que para mi era totalmente desconocido.

Llegamos a la dirección; un montón de gente se agolpaba en la puerta. Eran muchos los que entraban, y los pocos que salían tambaleándose aferrados de una bolsa, adornaban sus desfiguradas caras una sonrisa de oreja a oreja.

Agarra valor, me aconsejó Pocho. Nos abrimos paso entre la multitud y entramos al zaguán. Antes de entender la situación, una señora nos tomó de los cuellos como a sus hijos y nos invitó una serie de pequeños vasitos con licores de todos los colores; son mistelas me informaba el Pocho, que hacia una serie de muecas antes de tragar el líquido al igual que yo. Pagamos la entrada explicó él.

Nos sentamos entre una de las muchas bancas preparadas para la ocasión y antes de comentar cualquier cosa, un balde de chicha con panala llegó a nuestros pies con una tutuma flotando en medio de la bebida. No había tiempo para charlar, los dueños del K’anchacu no dejaban que el balde se vacíe en ningún momento.

Antes de alcanzar la cima de mi borrachera, alguna mano divina me puso en las faldas un gran plato de Mondongo. Qué delicia, justo en el momento preciso. En ese instante le di la razón a mi camarada por la recomendación de la cuchara. Nosotros dos éramos los únicos que daban fin al plato con cuchara.

Entonces me puse a pensar que realmente era una locura que una familia decida mandarse tremenda comilona con farra incluida para un montón de desconocidos, a nombre de un familiar fallecido hace un año. Seguramente el pobre estará revolcándose en su tumba por el tremendo gasto con motivo de celebrar su triste partida. Le comenté lo que pensaba a Pocho. No te hagas lío hermano, así son estas cosas. Más bien, vámonos a otro K’anchacu, porque en este parece que ya se acabó la chicha, me contestó.

Antes de salir, una señora nos preguntó si no íbamos a rezar en la tumba que había preparado, Pocho le respondió que ya habíamos rezado tres veces. Era mentira. La señora nos miró resentida, mientras Pocho me jalaba del brazo para salir rápido del lugar.

Antes de cruzar la puerta de calle nos regalaron una bolsa llena de biscochuelos, T’anta wawas, rosquetes y otras delicias.

Así fuimos recorriendo los K’anchacus uno tras otro hasta quedar llenos de comida, mistelas y mucha chicha. Al final, borrachísimos decidimos recogernos.

Lo malo vino después. Durante toda la santa noche no pude dormir ni un minuto, tuve una serie de pesadillas horribles y además dolorosos retortijones en el estomago, que me hicieron pensar que estaba a punto de morir en la noche de Todo Santos.

Al día siguiente, destruido, le conté a la abuela que por primera vez había ido a los k’anchacus y que como consecuencia me encontraba en muy mal estado. Ella, antes que nada me preguntó es si es que había rezado para cada tumba. Le respondí que no, que con mi amigo sólo nos dedicamos a comer y beber sin distinción alguna. Esa es la razón por la que estás así, no es la comida ni el trago, me contestó ella. Las almas de todos esos difuntos se enojaron y te castigaron por tu falta de respeto.

Durante dos días más estuve con el estomago adolorido y las constantes pesadillas no me abandonaron. En algún momento de martirio llegué pensar que lo que mi abuela dijo podía ser cierto.

Pasó un año, y para el nuevo Todo Santos, me armé de valor y esta vez fui yo quien llevó a otro amigo a los mentados K’anchacus. Pero en esa oportunidad, lo primero que hice después de entrar a cada casa, fue rezar tres padres nuestros muy respetuosamente en la tumba de cada uno los visitados y después de ello, recién me dispuse a comer y beber con tranquilidad. La última vez, con mi nuevo acompañante, duplicamos el número de K’anchacus visitados y sin embargo, ya en mi casa, con las bolsas llenas de masas y el estomago satisfecho con los Mondongos y la rica Chicha, pude dormir en paz.

Ahora, cada 2 de noviembre alisto mi cuchara y visito las tumbas de los k’anchacus con devoción y pienso que la abuela no se equivocó y realmente tenía razón.

PLEASURE

16:04 2 Comments

No hay nada comparable con la experiencia de pasar del día a la noche en un par de segundos; la luz y el calor del día que se dejan atrás con sólo extender las manos al frente y abrir las cortinas que dan paso a la deliciosa penumbra. El Cine.

CASI FILOSOFICO

15:11 2 Comments


A veces te piensas, y cuando lo haces profundamente, te das cuenta que tu vida se va convirtiendo de a poco en una serie de anillos como los de el tronco de un árbol. Cada uno de ellos constituye una experiencia, que sin duda, cuando es la primera, resulta digna de ser recordada, sea buena o mala.

Pero cuando estas vivencias se van acumulando repetitivamente, llega un momento en el que paras el coche y te quedas con la mirada perdida, porque tienes la seguridad de que ya no estás yendo a ningún lugar, simplemente estuviste dando vueltas en círculos.

GERARDO

13:56 1 Comments


Sabiendo que los clientes llegarán pasado el medio día, Doña Lorenza abre el negocio a las diez de la mañana. Baldea el piso de ladrillos, que por el paso del tiempo han perdido su color naranja debido a las repetitivas “ch’allas para la Pachamama”, sin contar las veces que la mano incontrolable de algún borracho suelta la “tutuma” que ya no puede sostener, salpicando por doquier toda la chicha.

Doña Lorenza pone en orden las mesas y sillas, que pintadas de verde esperan resistir la juerga. Se dirige al cuarto oscuro de paredes de adobe. Hace una inspección para asegurarse que los cántaros estén bastante llenos para atender los requerimientos del viernes por la tarde.

Segura de que todo está dispuesto y en orden, la señora toma posesión de su trono y se dispone a esperar a la gente.

Como de costumbre, Don Mariano llega a las doce y cuarto, hora en que la radio transmite los avisos necrológicos que él no puede dejar de escuchar. Debe estar al tanto de los nuevos finados ya que ningún velorio podría estar completo sin su presencia. Existe otro factor importante que mueve a Don Mariano a llegar puntual al trabajo y es la cazuela de maní que Doña Lorenza siempre le hace esperar.

Don Mariano toca el órgano en las misas que se celebran en la Catedral. Los fines de semana trabaja para Doña Lorenza interpretando el armonio. Del primer oficio recibe como paga tranquilidad espiritual; del segundo, el derecho a tomar toda la chicha que su hígado pueda resistir, siempre y cuando la borrachera no sea un impedimento para que el armonio siga sonando. Sin olvidar, claro está, la deliciosa cazuela de medio día y los avisos necrológicos. Cualquier persona pensaría que este es un típico caso de explotación laboral, sin embargo, Doña Lorenza y Don Mariano se consideran un matrimonio feliz, feliz y sin hijos.

Durante la sobremesa los dos se ponen al tanto de los chismes de parroquia, y escándalos suscitados durante la última farra.

Poco a poco van llegando estudiantes universitarios que aprovechan el último día hábil para inaugurar los festejos de fin de semana. Qué mejor que dar inicio a los días de algarabía con buenas tutumas acompañadas de un campeonato de sapo. Son los más puntuales, los primeros en consumir y los primeros en abandonar malheridos y zigzagueantes el campo de batalla.

Parejas de compadres y comadres, acuden al lugar con el afán de abrir un paréntesis en la rutina de trabajo, labores del hogar y familia. Bailar y beber siempre sirven para olvidar.

También bohemios e intelectuales no pueden faltar a la cita del viernes, el ambiente criollo les ofrece una alternativa distinta para debatir y charlar sobre esos temas que sólo ellos saben.

Doña Lorenza, al ver que la gente está alegre y pide cada vez más chicha, ordena a Don Mariano que empiece a tocar, “Martirios”, la cueca que tanto le gusta. Las parejas no se hacen esperar, saltan de sus bancos y sillas para levantar el polvo con su zapateo. La señora los acompaña con palmas y el movimiento de su pollera.

A media tarde el recinto está en su apogeo, todos cantan y brindan, el patio de tierra y el salón han sido tomados por los bailarines.

Entonces, el viejo portón de madera se abre y deja ver la figura de Gerardo, el “k´ewa” Gerardo, apodo ganado debido a su inclinación sexual. Un gran bohemio, tal vez un poco extravagante para la década del cincuenta, pero sin duda todo un personaje.

Viste un pantalón oscuro de casimir inglés, un par de mocasines negros con taco ancho y cuadrado, cinturón de hebilla gruesa y camisa blanca de solapas anchas, que deja ver parte del pecho. Con pie firme avanza gallardo entre la multitud que se abre a su paso, llega hasta el lugar donde Doña Lorenza está apoltronada y quitándose el sombrero la saluda con una venia al estilo de la realeza. Gira sobre sus talones y se dirige a todos los asistentes, que se han quedado inmóviles: ¿Qué pasa muchachos?, ¡que siga la fiesta!

La invitación está hecha, el desenfreno y la alegría se reanudan.

Si bien las personas que conocen a Gerardo, sienten cierto recelo hacia su persona, también éste goza del respeto de los demás, debido a sus grandes dotes como bailarín y cantante.

Con la tutuma en la izquierda, Gerardo comienza a cantar a voz en cuello “El infierno verde”. Acompañando al armonio que toca Don Mariano, una guitarra sigue la melodía. El festejo tiene ahora un nuevo matiz; más femenino que masculino. Imposible negar que Gerardo lo hace muy bien.

Más tarde después de haber bebido una cantidad considerable de chicha, Gerardo, da un salto y se apodera de una de las mesas. Golpeando con energía los tacos, castiga la tabla con su zapateo. Todos le aplauden y gozan con el espectáculo, mientras él como si fuera un bailarín de flamenco, hace vibrar a su público.

Así pasa el resto de la tarde entre cuecas, bailecitos, mucha chicha y Gerardo.

Con el pasar de la hora, muchos se retiran porque la bebida espirituosa ya no puede ser ingerida y la embriaguez es exagerada; otros, cautos se recogen para evitar el galanteo de Gerardo. Los menos que se quedan, sienten mucho apego a la chichería y a Doña Lorenza, debido a que la señora, después de pasar la jornada bebiendo es invadida por un sentimiento de dadivosidad e invita chicha a los sobrevivientes para dar fin con lo último que queda en los cántaros. Bien vale la pena lidiar con el cortejo de Gerardo para poder acceder a tan apetitosa invitación. Está demás decir que de estos valientes, por lo menos uno resulta desaparecido en acción, porque el incauto es sustraído, secuestrado y llevado a los lujuriosos dominios de Gerardo.

Las celebraciones que se llevan a cabo en la chichería de Doña Lorenza, no difieren mucho una de la otra, las personas que se dan cita a la tarde de bohemia, con frecuencia son las mismas y por ende las aventuras y deslices de Gerardo son infaltables a la hora de los chismes. Siempre hay algo que comentar acerca de su vida. La gente dice que prefiere a los morenos fornidos y él lo afirma. En los días hábiles se lo puede ver transitando por las calles, con su delicado andar, la ropa elegante y la ilusión de conseguir algún nuevo amigo. Sin embargo, con frecuencia se conforma coqueteando a sus conocidos, claro que los fines de semana le va mucho mejor.

De repente desaparece, nadie da señas de él, ya no anda por las calles, en la chichería de Doña Lorenza se lo extraña. En los ambientes que frecuenta, todos se preguntan qué habrá sido de él, su paradero es incierto, ninguna persona puede asegurar si viajó o está muerto.

Transcurridos dos meses, un viernes, Don Mariano llega a la chichería, y como ya era habitual, Doña Lorenza le pregunta si sabe alguna noticia de Gerardo. Don Mariano asiente y le dice que un amigo después de misa le contó que el gobierno había ordenado a las fuerzas armadas arrestar a todas las personas de las que esté en duda su hombría, arguyendo que el estado Boliviano está formado por hombres y mujeres, no por maricas. Así, uno a uno los fueron apresando. Gerardo no pudo salvarse, sólo los prudentes que ocultaban sus tendencias sexuales.

Doña Lorenza, admirada por la noticia pregunta: ¿qué pasó entonces, dónde los tienen detenidos?

Don Mariano, resignado contesta que la orden decía que estos individuos debían ser castigados y eliminados, es así como los llevaron amarrados, con los ojos vendados en un avión de carga. Ataron una gran piedra a sus pies y los lanzaron uno a uno al fondo del lago Titicaca.

No estoy seguro de creer esta historia, pero al gran bohemio y bailarín, el “k´ewa" Gerardo, no se lo volvió a ver más.